domingo, 25 de octubre de 2026

MILES SALEN A LAS CALLES A PROTESTAR POR LA MALA GESTION DE KEIKO FUJIMORI

El pueblo no se rinde: las calles vuelven a gritarle a NO A KEIKO.

Mientras la presidenta Keiko Fujimori prepara maletas para su próxima gira internacional y anuncia medidas de “mano dura” y prevención del Meganiño, en el centro de Lima y en varias regiones el pueblo vuelve a tomar las calles. No es una marcha “contra la inseguridad” ni un acto “ambientalista” como intentan maquillarlo algunos medios. Es un rechazo frontal a una gestión que, apenas tres meses después de asumir, ya carga el peso de la impunidad, la memoria herida y la misma lógica autoritaria que su apellido arrastra desde los años 90.


Jóvenes de la Generación Z, colectivos sociales, estudiantes, sindicatos y, sobre todo, los deudos de las masacres de 2022-2023 volvieron a concentrarse en la Plaza San Martín. Llevaron pancartas que no piden permiso: “Apaguen los incendios”, “Reforma policial ya”, “Justicia para nuestros muertos”. No es casualidad que los familiares de las víctimas de Juliaca, Ayacucho y otras regiones del sur estén otra vez en primera línea. Ellos saben que el fujimorismo no es solo un apellido: es una forma de gobernar que normaliza la represión, el olvido y el desprecio por los de abajo.

La narrativa oficial habla de “extorsiones”, “crisis ambiental” y “unidad nacional”. Pero en las calles se escucha otra cosa: que la seguridad no se construye con más policía ni con el modelo Bukele que tanto admiran, sino con justicia real, con reparación a las víctimas y con un Estado que deje de tratar al pueblo como enemigo. Mientras tanto, la presidenta prioriza viajes a El Salvador y a España, anuncia fondos multimillonarios para el clima y regula hasta el maquillaje en los colegios, pero las heridas abiertas de Puno y del sur siguen sin cerrar.


Esta no es la primera vez ni será la última. Desde la campaña “Keiko no va” hasta las protestas del día de su juramentación, el rechazo popular no ha dejado de expresarse. Porque el fujimorismo, aunque se vista de legalidad electoral, sigue significando para amplios sectores del país la continuidad de la corrupción, la memoria selectiva y la criminalización de la protesta.


Las calles de Lima no piden permiso. Gritan. Y mientras haya deudos que carguen fotos de sus muertos y jóvenes que se nieguen a normalizar el miedo, la gestión de Keiko Fujimori seguirá encontrando la misma respuesta que ya conoció su padre: el pueblo en la calle, sin miedo y sin olvido.

Fujimori nunca más no es un eslogan. Es una memoria viva.